Reducir todos los problemas de Guinea Ecuatorial a Obiang y su familia impide abordar la cuestión fundamental: la relación de poder existente entre los distintos pueblos que componen el Estado.
Que ciudadanos fang sean perseguidos, encarcelados, empobrecidos o se opongan frontalmente a Obiang no elimina la pregunta que aquí planteamos: ¿cuál es la relación de poder entre el pueblo fang, «mayoritario» cuando se toma como referencia el conjunto del Estado y asentado fundamentalmente en Río Muni, y los pueblos annobonés, bubi y ndowé en sus respectivos territorios?
Son dos planos que no deben confundirse.
Una cosa es quién controla el régimen y quién se beneficia de él. Otra es qué pueblo posee, a través de las estructuras del Estado, capacidad para ejercer poder sobre otros pueblos sin que éstos dispongan de capacidad equivalente sobre él.
La distinción no pretende atribuir culpabilidad individual a cada fang. Precisamente de eso trata este artículo: de distinguir entre la responsabilidad de los individuos, la naturaleza de un régimen político y las relaciones de poder entre pueblos.
No todo era Franco. Y no todo es Obiang.
Franco y España: dos planos de poder
La propia historia de Guinea ofrece un ejemplo particularmente útil.
Cuando los territorios de Guinea estuvieron sometidos a España, los pueblos colonizados no necesitaban afirmar que cada ciudadano español fuese personalmente un colonizador para poder hablar de colonialismo español.
Había españoles pobres. Había españoles perseguidos y encarcelados por la dictadura franquista. Había españoles que combatían a Franco y españoles que se oponían al colonialismo.
Nada de ello hacía desaparecer la relación colonial.
Tampoco desapareció porque España modificara el estatuto jurídico de los territorios.
Fernando Poo y Río Muni fueron convertidos formalmente en provincias españolas. Sus habitantes quedaron jurídicamente incorporados a España.
Podían llamarlos españoles.
Podían declarar aquellos territorios provincias españolas.
Podían afirmar jurídicamente que todos pertenecían al mismo Estado.
Pero seguía existiendo una pregunta:
¿Quién decidía sobre quién?
Una cosa era Franco frente a los españoles.
Otra era España frente a los pueblos de Guinea.
Un español perseguido por Franco podía ser víctima de la dictadura y, simultáneamente, España podía ejercer dominación colonial sobre los pueblos de Guinea.
No existía ninguna contradicción.
Por eso habría resultado absurdo decir a un fang de Río Muni: «No digas que los españoles os dominan; di únicamente que Franco os domina, porque también existen españoles perseguidos por Franco».
El sufrimiento de españoles bajo Franco no hacía desaparecer la relación entre España y los pueblos colonizados.
Y tampoco la hacía desaparecer su ciudadanía común.
Cambiar el estatuto jurídico de un territorio —de colonia a provincia— no cambia necesariamente la naturaleza de la relación de poder que existe detrás.
En el interior de Río Muni se habla fang
Hay una dimensión cultural y lingüística que permite entender todavía mejor esta diferencia.
En el interior de Río Muni se habla fang.
Se hablaba fang durante la colonización española y se sigue hablando fang hoy. No ha existido una presión social que haya obligado al pueblo fang a abandonar su lengua dentro de su propio territorio. Se utiliza en la familia, en la calle, en las relaciones sociales e incluso en la administración.
Cuando durante la colonización un español llegaba al interior de Río Muni para ejercer autoridad, el fang sabía que aquella persona no era fang.
No sólo porque no hablaba fang. También por su manera de hablar, por sus referencias culturales, por su forma de comportarse y por la relación de autoridad que ejercía.
Pero aquel fang no tenía por qué saber si ese español era andaluz, gallego, catalán o madrileño.
Esas diferencias podían ser fundamentales para los propios españoles.
Para el fang podían ser completamente desconocidas.
Lo que sabía era que era español.
Nadie podía exigirle que antes de hablar de dominación española averiguara si el gobernador era catalán, el militar andaluz o el funcionario gallego.
En Annobón se habla annobonés
En Annobón ocurre algo comparable.
En Annobón se habla annobonés.
El pueblo annobonés posee su propia lengua, su cultura, su territorio, sus referencias comunitarias y sus formas de reconocerse.
Cuando un fang llega a Annobón investido de autoridad sobre los annoboneses, éstos saben que no es annobonés.
Lo saben por su lengua, por su manera de hablar y por diferencias culturales que son evidentes para quienes pertenecen a otro pueblo. Y cuando esa autoridad se ejerce mediante imposición, prepotencia o maltrato, el annobonés experimenta directamente esa relación de poder.
Pero un annobonés no tiene por qué saber si esa persona procede de Niefang, Welensá, Mongomo o cualquier otra localidad de Río Muni.
¿Por qué tendría que saberlo?
Del mismo modo que el fang no tenía por qué distinguir entre un gallego, un catalán, un andaluz o un madrileño para saber que quien tenía delante era español, el annobonés no tiene por qué conocer las diferencias internas del mundo fang para saber que quien tiene delante es fang.
Exigir lo contrario significa no comprender la profundidad de la diversidad cultural existente entre los pueblos que componen Guinea Ecuatorial.
Un fang conoce las diferencias internas de su sociedad.
Un annobonés conoce las de Annobón.
Un bubi conoce las de su pueblo.
Un ndowé conoce las suyas.
Eso no es ignorancia.
Es una consecuencia natural de pertenecer a pueblos histórica, lingüística, cultural y territorialmente diferenciados.
Naturalmente, identificar como español al español que ejercía poder colonial no significaba afirmar que todos los españoles fueran personalmente colonialistas.
Del mismo modo, identificar como fang a quien ejerce determinado poder en Annobón no significa atribuir automáticamente sus actos a todos los fang.
Identificar el origen colectivo de quien ejerce un poder no equivale a declarar culpables individualmente a todos los miembros de su pueblo.
Obiang y los fang: otra vez, dos planos
Llegamos así a la Guinea Ecuatorial actual.
Obiang es el dictador. Pero la cuestión que plantean los pueblos no termina en Obiang.
Un ciudadano fang puede ser perseguido por Obiang.
Puede estar encarcelado.
Puede vivir en la pobreza.
Puede ser opositor.
Puede combatir sinceramente contra la dictadura.
Eso describe su relación con Obiang y su régimen.
Pero no responde a otra pregunta:
¿Cuál es la relación de poder entre el pueblo fang y los demás pueblos que componen Guinea Ecuatorial?
Por eso decir a un annobonés: «No digas fang; di Obiang«, plantea el mismo problema conceptual que habría planteado decir a un fang durante la colonización: «No digas españoles; di Franco«.
Franco podía desaparecer y España seguir siendo España.
Obiang puede desaparecer y la cuestión entre los pueblos seguir sin resolverse.
La prueba de reciprocidad
Existe una forma muy sencilla de comprobar si estamos hablando únicamente de una dictadura o también de una relación desigual entre pueblos.
Preguntemos si el poder funciona en ambas direcciones.
¿Puede Annobón determinar quién gobierna Río Muni?
No.
¿Puede Annobón desplegar fuerzas annobonesas en Río Muni y mantenerlas allí?
No.
¿Puede Annobón decidir quién dirige las estructuras de seguridad en territorio fang?
No.
¿Puede Annobón decidir sobre los recursos, el territorio o la administración de Río Muni?
No.
¿Puede Annobón enviar gobernadores, administradores, militares o funcionarios para ejercer autoridad sobre las comunidades fang?
No.
Pero desde las estructuras centrales del Estado sí se puede nombrar autoridades para Annobón, desplegar fuerzas de seguridad en la isla, intervenir sobre su territorio, controlar su administración y adoptar decisiones fundamentales sobre sus recursos y sobre la vida de su población.
Ésa es la asimetría.
Cuando un pueblo posee, a través de las estructuras del Estado, capacidad para decidir sobre otro y el segundo carece de capacidad equivalente para decidir sobre el primero, existe una relación de poder entre pueblos que no desaparece simplemente cambiando al gobernante.
¿»Mayoritario», dónde?
Aquí debemos detenernos en otra palabra utilizada constantemente para describir al pueblo fang: «mayoritario».
¿Mayoritario dónde?
El pueblo fang es «mayoritario» cuando se toma como referencia la suma de toda la población comprendida dentro de las fronteras de Guinea Ecuatorial.
Pero eso no lo convierte en mayoritario en cada uno de los territorios de los pueblos que integran el Estado.
En Annobón, el pueblo mayoritario es el pueblo annobonés.
Y esta distinción no es simplemente estadística.
El problema comienza cuando la condición de «mayoría» calculada a escala estatal se transforma en criterio para distribuir el poder dentro de los territorios de otros pueblos.
Se es «mayoría» para ocupar las estructuras del Estado.
Se es «mayoría» para controlar la administración.
Se es «mayoría» para justificar determinada representación política.
Se es «mayoría» cuando se distribuyen puestos, becas y oportunidades.
Se es «mayoría» para enviar funcionarios, autoridades y fuerzas de seguridad a los territorios de otros pueblos.
Y finalmente esa misma mayoría estatal sirve para presentar como normal que quienes son mayoría en Río Muni ejerzan el poder en Annobón, mientras los annoboneses, mayoritarios en Annobón, carecen de una capacidad equivalente incluso sobre su propio territorio.
Entonces debemos preguntar nuevamente: ¿Qué significa ser «mayoritario»?
Si la superioridad numérica dentro del conjunto del Estado concede automáticamente a un pueblo el derecho permanente a decidir sobre los demás, entonces los pueblos pequeños jamás podrán ser políticamente libres.
Serán siempre minorías estatales, incluso cuando sean mayorías en sus propios territorios.
La aritmética del Estado
Aquí aparece una de las contradicciones fundamentales del modelo.
Se agrupan pueblos territorialmente diferentes dentro de una frontera.
Se suman sus poblaciones.
Uno resulta numéricamente superior.
Y después esa superioridad numérica se utiliza para justificar que tenga mayor presencia en las instituciones que deciden sobre todos.
La aritmética termina convirtiéndose en poder: «Somos más en el conjunto; por tanto gobernamos también vuestro territorio, ocupamos la administración, distribuimos los puestos, accedemos mayoritariamente a las oportunidades y decidimos cuánto poder os corresponde».
Pero eso no responde a la cuestión de los pueblos.
La oculta detrás de los números.
Una mayoría estatal no debería convertirse automáticamente en un título político para acumular poder, representación, becas, puestos públicos, recursos y oportunidades que corresponden también a los demás pueblos.
Mucho menos debería utilizarse para normalizar la implantación permanente de población, funcionarios o fuerzas procedentes del pueblo estatalmente «mayoritario» en el territorio de otro pueblo hasta alterar las relaciones de poder dentro de ese territorio.
Porque entonces la superioridad numérica deja de ser una descripción demográfica y comienza a convertirse en un mecanismo de dominación.
«Todos somos ecuatoguineanos»
Frente a estas preguntas aparece frecuentemente otra respuesta: «Todos somos ecuatoguineanos».
Pero ya conocemos ese argumento.
Hubo un tiempo en que podía decirse: «Todos somos españoles».
Fernando Poo y Río Muni eran provincias españolas y sus habitantes estaban jurídicamente integrados en España.
Eso no convertía automáticamente la relación entre España y los pueblos de Guinea en una relación libre entre pueblos iguales.
Del mismo modo, compartir hoy una nacionalidad ecuatoguineana no demuestra por sí solo que la relación entre annoboneses, bubis, ndowés y fang sea libre, igualitaria o voluntariamente consentida.
La ciudadanía responde a la pertenencia jurídica de una persona a un Estado. La autodeterminación plantea una cuestión distinta: qué capacidad posee un pueblo para decidir su propio futuro político.
Confundir ambas cuestiones fue insuficiente cuando todos podían ser jurídicamente españoles.
Y sigue siendo insuficiente porque hoy todos sean jurídicamente ecuatoguineanos.
Si molesta la expresión «dominación fang»
Si molesta que otros pueblos hablen de dominación fang, la respuesta no puede consistir simplemente en exigirles que eliminen la palabra fang.
La respuesta debe ser eliminar las condiciones que hacen posible esa acusación.
No estamos diciendo que todos los fang dominen individualmente a annoboneses, bubis o ndowés.
No estamos diciendo que todos los fang apoyen a Obiang.
No estamos diciendo que todos los fang sean responsables de los abusos del Estado.
Estamos planteando una cuestión diferente: ¿Qué pueblo ocupa una posición desde la cual las estructuras centrales pueden gobernar los territorios de otros pueblos mientras éstos carecen de capacidad recíproca para decidir sobre él?
Responder: «Nosotros también sufrimos a Obiang», puede ser absolutamente cierto.
Pero responde a la cuestión de la dictadura.
No responde a la cuestión entre los pueblos.
Los españoles perseguidos por Franco también sufrían una dictadura.
Eso no privaba a los pueblos colonizados del derecho a plantear una cuestión diferente sobre su relación con España.
¿Qué ocurre al día siguiente a Obiang?
Éste es precisamente el problema del discurso: «Primero acabemos con Obiang y después hablaremos».
La pregunta inevitable es: ¿Qué ocurre al día siguiente?
Si desaparecen Obiang y su familia pero Annobón continúa sin poder decidir libremente su relación con el Estado, habrá cambiado el régimen político. Pero no necesariamente habrá cambiado la relación entre los pueblos.
Si mañana existen elecciones libres, partidos políticos, libertad de prensa y alternancia en el poder, pero se establece de antemano que Guinea Ecuatorial es indivisible y que los pueblos que la componen carecen del derecho siquiera a decidir otra cosa, se habrá resuelto una cuestión.
La dictadura.
Pero seguirá pendiente otra: la relación entre los pueblos.
Cambiar quién gobierna no responde necesariamente a la pregunta de quién tiene derecho a decidir.
El orden importa
Por eso rechazamos también la fórmula: «Primero acabemos con Obiang y después discutiremos la cuestión de los pueblos».
No.
Porque eso significaría que los pueblos deben participar primero en la construcción de un nuevo Estado sin que previamente se reconozca siquiera su libertad para decidir si desean pertenecer a ese Estado y en qué condiciones.
La libertad de los pueblos no puede ser una concesión que un futuro gobierno otorgue después de la caída de Obiang.
Debe ser un principio anterior.
Por eso el orden importa: reconocer la libertad de los pueblos; acabar con la dictadura y después, entre pueblos libres, decidir qué queremos construir juntos.
Una oportunidad histórica para el pueblo fang
Los dirigentes, movimientos, intelectuales y ciudadanos fang que se oponen a Obiang tienen aquí una oportunidad histórica.
Si consideran injusto que el pueblo fang sea identificado con una estructura de dominación sobre otros pueblos, pueden demostrar que su proyecto político no consiste simplemente en sustituir a Obiang ni en democratizar las mismas relaciones de poder heredadas.
Pueden afirmar algo mucho más profundo: la libertad que reclamamos para nosotros frente a la dictadura también pertenece a los demás pueblos.
Eso significa libertad para el pueblo fang frente a la dictadura y libertad para los pueblos annobonés, bubi y ndowé para decidir su propio futuro.
No se pide a ningún fang que apoye necesariamente la independencia de Annobón, de Bioko o una determinada solución política para los pueblos ndowé.
Se pide algo anterior: que acepte que esa decisión no le corresponde tomarla por ellos.
Podrá defender la continuidad de Guinea Ecuatorial.
Podrá proponer una federación.
Podrá proponer una confederación.
Podrá defender un Estado descentralizado.
Podrá explicar las ventajas de permanecer juntos.
Podrá decir a los demás pueblos: «Construyamos juntos una nueva Guinea Ecuatorial».
Pero tendrá que dirigirse a ellos como pueblos libres.
Lo que no puede hacerse es decidir primero que Guinea Ecuatorial es indivisible y llamar después «unidad voluntaria» a aquello de lo que los demás pueblos no tienen derecho a salir.
Si uno de los pueblos posee de antemano el poder de decidir que todos deben permanecer juntos, entonces ya ha tomado por los demás la decisión que supuestamente debían tomar juntos.
No se trata de culpabilidad colectiva
Nada de esto pretende atribuir culpabilidad colectiva al pueblo fang.
No todos los españoles fueron Franco.
No todos los españoles apoyaron el franquismo.
No todos los españoles apoyaron el colonialismo.
Pero eso nunca impidió hablar de colonialismo español.
De la misma manera:
No todos los fang son Obiang.
No todos los fang pertenecen al régimen.
No todos los fang se benefician del régimen.
Muchos fang han sufrido y sufren sus consecuencias.
Pero ninguna de esas afirmaciones responde por sí sola a la cuestión de la relación política entre los pueblos.
Un fang puede combatir honestamente a Obiang y reconocer simultáneamente que acabar con la dictadura no basta si el nuevo orden continúa negando a otros pueblos la capacidad de decidir libremente su futuro.
Ésa sería precisamente una ruptura profunda con el pasado.
La pregunta no es solamente: ¿Qué sistema político sustituirá a Obiang?
La pregunta es también: ¿Sobre el consentimiento de qué pueblos se construirá el Estado que venga después?
Entre pueblos libres
Para Annobón, esta discusión no es académica.
Es una cuestión de territorio, gobierno, seguridad, recursos, representación, oportunidades, lengua, cultura, identidad y futuro colectivo.
Y no desaparecerá simplemente porque desaparezcan Teodoro Obiang y su familia.
Por eso debemos comprender la diferencia entre los dos planos:
Franco era el dictador. La relación de España con los pueblos colonizados era otra cuestión.
Obiang es el dictador. La relación entre los pueblos que componen Guinea Ecuatorial es otra cuestión.
Confundir ambas cosas impide abordar la segunda.
Por eso, si verdaderamente queremos romper con el pasado, el principio debe ser claro:
Reconocer la libertad de los pueblos.
Acabar con la dictadura.
Y después, entre pueblos libres, decidir qué queremos construir juntos.
No se trata de sustituir una dictadura por una democracia que conserve intacto el derecho de unos a decidir sobre otros.
Acabar con Franco no habría legitimado que España negara indefinidamente a los pueblos de Guinea la posibilidad de decidir su futuro.
Y acabar con Obiang tampoco puede utilizarse mañana para negar esa libertad a los pueblos que hoy componen Guinea Ecuatorial.
Sólo entre pueblos libres puede existir una unión verdaderamente libre.
Y sólo cuando existe la posibilidad real de decir no adquiere verdadero significado político la decisión de decir sí.



